El 17 de octubre de 1945 en realidad tuvo un antecedente imprescindible: el 4 de junio de 1943.
Uno no hubiera existido nunca sin el otro.
Si bien los sucesos de la historia son difíciles de leer simplista y objetivamente, los hechos ocurrieron como la historia marca que lo fueron.
También es verdad que muchos otros pretendieron hacer lo mismo y no lo lograron.
Hubo un golpe militar con apoyo civil a un gobierno democrático en decadencia el 6 de setiembre de 1930. El primero de una saga que nos avergüenza.
A partir de allí se sucedieron 13 años de gobiernos conservadores fraudulentos y corruptos, que pretendieron ser resueltos por el radical converso (ya los había) Roberto Ortiz.
Pero lamentablemente este enfermó muy gravemente, tuvo que dejar la presidencia en manos del Conservador Ramón Castillo y murió.
Este período, llamado -con justicia- “la década infame” carecía de una legitimidad democrática, sumía en la extrema pobreza a vastos sectores de la comunidad y utilizaba el fraude como una práctica aceptable.
De todas maneras, la interrupción de este proceso no se produjo con una revolución civil, democrática en búsqueda de restaurar los principios republicanos que posibilitara restablecer la ley Sáenz Peña y el pleno funcionamiento de las Instituciones.
Esta saga de gobiernos fraudulentos, corruptos e insensibles fue desalojada por la fuerza por un golpe militar realizado por coroneles que instauraron una dictadura severa.
Fueron intervenidos todos los resquicios por donde se podía respirar algún aire de libertad: las universidades (y sus gobiernos reformistas), los colegios, la cultura… y la lista sigue.
Se llegó a perseguir a pedagogos y hasta prohibir títulos y letras de tangos.
Se sucedían los presidentes demostrando la ambición de poder que siempre caracterizó a los gobiernos militares (Rawson, Ramírez y Fárrel).
Mientras tanto, en segunda línea uno de ellos iba aprovechando de las ventajas que le ofrecía el poder, pero con la inteligencia de no desgastarse.
Juan Domingo Perón llegó a ocupar tres cargos simultáneos en ese gobierno de facto: vicepresidente, secretario de Trabajo y Previsión y Ministro de Guerra. Tres cargos fundamentales.
A través del segundo, con una aguda inteligencia, grandes conocimientos estratégicos y carisma natural, se granjeó la adhesión de los sindicatos, los artistas, los trabajadores y los desocupados.
Con el tercero, la de los militares.
A partir de 1944, contó para alcanzar sus objetivos -y por la trágica desgracia del terremoto de San Juan-, con la colaboración imprescindible de una mujer que lo amaba profundamente y tenía sus mismas virtudes: Eva Duarte.
Ese combo mitad natural y mitad elaborado dio como consecuencia primero el gran movimiento de masas que hoy se conmemora y un año después el triunfo en las elecciones.
Las reservas económicas, un monstruoso aparato propagandístico (que incluía a las escuelas) y la política social hicieron el resto. Por supuesto al igual que ahora, la oposición mezquina y atomizada contribuyó bastante.