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El Valala

"Todos sabían quién era el Valala, pero nadie lo conocía de verdad. Buen número 9, nunca faltaba al famoso torneo relámpago de Navidad que se hacía en la cancha del club." Leé y escuchá la historia. 

25/12/2021 | 14:16Redacción Cadena 3

  1. Audio. El Valala (Cuento de Mauricio Coccolo)

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«Se juega como se vive», dijo el Valala cuando vio que el central salió a cortar al costado barriendo hombre, pelota y todo afuera de la cancha. Sentado contra el poste del alambre, tomó un trago de Coca del pico de la botella y agregó: “No tendría que tomar gaseosa antes de jugar”. Nadie le dijo nada.

Junto con el pitazo final, el Valala se puso de pie, miró los cordones de los botines y se arrodilló para atarlos. Primero el derecho: pasó el cordón por debajo de la suela, hizo un moño sobre la lengua, lo aseguró con un nudo y repitió el procedimiento con el botín izquierdo.

De pie ancho, el Valala usaba botines Puma Borussia, de cuero cuero y los mantenía con grasa de caballo. Con el índice limpió la tierra de los empeines. Contra los tobillos, las medias que habían sido negras estaban grises, gastadas, con los elásticos vencidos.

El calor de la siesta apretaba. El Valala movió los músculos, hizo flexiones de cintura, arriba y abajo, tocando el pasto con la punta de los dedos. Terminó con las piernas abiertas, los brazos en jarra, el mentón alzado y la mirada perdida en el horizonte. Estiró los aductores, tomó aire por la nariz y lo soltó despacio por la boca.

El Valala era del pueblo pero no vivía en el pueblo, andaba siempre de paso. Trabajaba en el campo y cuando tenía unos días libres se quedaba en una casa, que había sido del padre, al fondo del camino alto.

Todos sabían quién era el Valala, pero nadie lo conocía de verdad. Buen número 9, nunca faltaba al famoso torneo relámpago de Navidad que se hacía en la cancha del club. El Valala caía con el bolsito al hombro, musculosa, pantalón de jean cortado en las rodillas y ojotas.

Como todos los 25 de diciembre, el Valala jugó para «El rejunte», un equipo donde se anotaban los que no tenían grupo estable. En el primer partido, sintió que se moría: entre la gaseosa y lo que había comido la noche del 24 tenía el estómago revuelto.

A la tardecita el calor empezó a aflojar y se armó la tormenta del sur. El Valala se sintió mejor, tenía la cabeza y la panza despejadas, entró en ritmo y metió varios goles. Cuando se le enfrió el cuerpo, entre partido y partido, le dolía desde la punta del dedo gordo hasta los hombros, pero andaba embalado y ganador.

Antes de la final, los de la Comisión del club prendieron los cuatro reflectores de la cancha. Los banderines, inclinados por el viento, casi no se veían. El presidente propuso postergar el partido por la tormenta, pero todos acordaron jugar como estaba previsto: nadie se quería perder la plata del premio.

Al Valala le llevó un tiempo acostumbrarse a la luz amarillenta de los focos y tuvo que soportar las patadas del central rival. Le decían Vasco, nunca lo había enfrentado, pero lo tenía visto del primer partido del día: un caballo, espalda ancha, cara cuadrada, cejas tupidas y barba de tres días. En el primer forcejeo, cuando el Valala quiso girar, el Vasco le metió un puntazo en el tobillo y lo bajó como un pino.

El Valala no entendía por qué el Vasco jugaba con tanta bronca, a los patadones, como si estuviera enojado con la vida. En uno de los cruces, el Valala le dijo que aflojara un poco, que no era para tanto, que no estaban jugando la final del mundo. El Vasco lo miró fijo y le respondió: “Esto es por plata, amigo”.

Cansados de pelear el partido, los equipos empezaron a jugar para ir a los penales, ninguno tenía resto y apostaron por lo seguro. “Si no lo puedo ganar, tampoco lo voy a perder”, pensó el Valala y guardó la pelota debajo de la suela, sobre la raya de fondo, aguantando la embestida del Vasco. Con un giro repentino, le metió un puntinazo y la hizo rebotar en la canilla del defensor. Robó un córner impensado.

El tiro de esquina salió con fuerza, pero bajo. El viento empujó la pelota hacia el primer palo, el Valala la siguió con la vista, corrió a buscarla y escuchó la respiración agitada del Vasco en la nuca. Tomó coraje, impulso y se tiró de palomita con los ojos cerrados. En pleno vuelo sintió un golpe seco y duro en la cara.

Con la luz del primer relámpago, el Valala abrió un ojo, después el otro, vio el cielo encapotado y sintió un cosquilleo en el cuello. Comprobó que tenía todos los dientes. Tanteó el pasto húmedo y tocó el bolsito, alguien lo había dejado a su lado. Sentado, lo revisó. Tenía todo: la billetera, el reloj, las vendas sin usar, las ojotas, la musculosa, el jean y un bollo de billetes que no recordaba.

Presuroso, el canchero se acercó con un candado, un manojo de llaves y una cadena para cerrar la puerta: “Ganaron, Valala. Lindo gol”, le dijo sin más detalles.

El Valala tenía un dolor insoportable en la cabeza, con el índice midió el tamaño del chichón en la frente. “Dijeron que iban a buscar al doctor, pero parece que no está…”, le informó el canchero. El Valala se puso de pie como pudo, colgó el bolsito en el hombro y se fue antes de que lo agarrara la lluvia. Una brisa fresca le golpeó el pecho transpirado y tuvo que hacer equilibrio con los brazos para no caerse.

Cuando llegó a su casa, al fondo del camino alto, el Valala tomó de la caja un cuarto de vino blanco que había quedado sobre la mesa. Comió la ensalada rusa que había sobrado del 24, sacó la plata del premio y la acomodó en la billetera. Tiró el bolsito a los pies de la cama y se acostó sin sacarse la ropa ni los botines. Hizo fuerza para recordar lo que había pasado. La única imagen que encontraba en la memoria era un pedazo de cuero chocando contra la punta de su nariz.

El Valala pensó en el Vasco: qué sería de su vida, pobre tipo. Dio vueltas sobre el asunto y descubrió que estaba equivocado: cada uno juega y vive como puede, no como quiere. Respiró hondo, escuchó las primeras gotas de lluvia sobre el techo de chapa y se durmió sin darse cuenta.

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