La prueba
En un pueblo del interior, un extraño personaje se hace presente durante un partido. Le gusta un jugador, pregunta por él y pide hablar con el presidente del club para negociar.
04/08/2018 | 14:26Redacción Cadena 3

Lo primero que nos llamó la atención fue cuando sacó el paquete de cigarrillos, dorado y más largo de lo común, con una inscripción en letras extrañas que nos resultaba difícil de pronunciar: “Benson & Hedges”. En el pueblo estábamos acostumbrados al papel rojo de los Jockey o el blanco de los Derby. Todos nos miramos para hacernos cómplices en el prejuicio, pero el tipo ni lo advirtió y siguió con su ritual. Se puso de espaldas a la cancha, encorvó el torso y cerró los hombros, como buscando meterse en sí mismo para evitar que el viento apagara el fuego; con una mano sostenía el encendedor y con la otra formaba un tubo para rodearlo, por el hueco metió el cigarrillo. Después de un par de chispazos sin éxito, la llama se sostuvo flameando como una bandera y al instante explotó la bocanada de humo seguida por una frase que agudizó el misterio: “Me gusta el ocho”, dijo mientras se acomodaba el bigote con el índice y el pulgar rodeando las comisuras, en una clara demostración de seguridad.
—Psé. Juega lindo… —le respondió el viejo Alesso sin despegar la vista del partido y las manos del tejido.
—¿Cómo se llama? —preguntó.
—Pachi —contestó Alesso, con pocas ganas de abrir el dialogo para aportar más detalles porque odiaba que le hablaran durante los partidos.
—Pachi. ¿Pachi cuánto? —insistió el ignorado interlocutor, que buscaba ampliar la pregunta al resto del grupo porque notaba que con Alesso la mano venía complicada.
—Pachi Bustos. En realidad se llama Germán, pero todo el mundo le dice Pachi —intervine para que el desconocido no se sintiera tan mal tratado.
—¿Sabés si alguna vez jugó en algún club? —me preguntó con curiosidad, como si buscara algún detalle más fino.
—No, acá en Sarmiento nomás —respondí casi contradiciéndome y sin estar seguro de que esa fuera la precisión que el tipo buscaba.
—Tiene un potencial enorme —sentenció, mientras de un tincazo tiraba la colilla al suelo para pisarla con la suela de unos mocasines tassel negros, que habían perdido brillo por culpa de la tierra.
Cinco minutos de partido fueron suficientes para adivinar que ese personaje estaba pisando la cancha de Sarmiento por primera vez en su vida. Claramente no sabía que se había parado en un lugar reservado, por costumbre, para los que íbamos siempre ahí. “Este tipo es representante de jugadores, empresario o algo así”, pensé atando cabos sigilosamente para no perder el hilo del intercambio, que ni siquiera llegaba a ser una conversación.
—Para jugar en este nivel le sobra —resumí el diagnóstico sobre el Pachi.
—¿Cuántos años tiene?
—¿El Pachi…? Eh… 17… creo. Si no los tiene está por cumplirlos. 17 tiene el Pachi, ¿no? —le pregunté a Carrizo, que como estaba en la comisión del club siempre sabía todas esas cosas.
—Sí —contestó Carrizo por todo concepto.
—Mi nombre es Mario Conrrado, soy representante de jugadores, trabajo para Boca detectando talentos en el interior. Me gustaría hablar con el presidente del club y evaluar qué posibilidades hay de llevarlo a Bustos, Gustavo me dijiste que se llamaba, ¿no?, a una prueba en La Bombonera —dijo todo de corrido, sin dejarme lugar ni siquiera parar aclararle que el nombre no era Gustavo sino Germán.
—El presidente es aquel que está allá —dije, señalando hacia la caja del bufe, donde Almada, el presidente de Sarmiento, estaba cada vez que jugábamos de local.
Por girar la cabeza para mostrarle al empresario con quién tenía que hablar me perdí el golazo que clavó el Pachi. Según la escueta descripción del viejo Alesso la agarró picando al borde de la dieciocho y la colgó de un ángulo. “Potencia y dirección”, resumió.
En el entretiempo lo acompañé a Conrrado para que hablara con el presidente de Sarmiento y le explicara cuál era la oferta que tenía para hacerle por el Pachi.
—Si me aguanta hasta que arranque el segundo tiempo, lo charlamos más tranquilos —rogó Almada sin detenerse a mirarlo, mientras con una mano recibía la plata y con la otra entregaba los números a los hinchas que compraban choripanes. Conrrado, ya que estaba, aprovechó y pidió uno, con un vino para acompañarlo. Yo me había retirado unos pasos, pero igual noté la sorpresa del empresario al descubrir que el choripán era, como corresponde, solo chorizo y pan. Nada de mayonesa, mostaza o esas salsas que los porteños parecen adorar. Después, la cara se le terminó de desarmar cuando le dieron el vino tinto en un vaso de plástico blanco, sin soda y con un hielo rolito.
—Así que usted dice que le gusta cómo juega el Pachi y quiere llevarlo a probar en Boca —arrancó Almada.
—Sí, lo que podemos hacer es un convenio. Si el chico pasa la prueba, les pagamos con 30 pelotas de fútbol profesional y un juego de camisetas. Después, cobran el 20% de una futura venta. Además, si está de acuerdo, organizamos para el domingo que viene un partido de despedida; vamoyvamo con la recaudación.
“Suerte Pachi”. El mensaje de la bandera estaba adornado por los escudos de Sarmiento y Boca en los extremos. Los jugadores que llevaban el trapo tuvieron que mostrarlo hacia cada uno de los costados de la cancha, porque como nunca había gente desde una punta a la otra del alambrado e incluso detrás de los arcos. Todo el pueblo se había reunido para despedirlo al Pachi Bustos que se iba a probar a Boca. El presidente le entregó una plaqueta en nombre del club y los compañeros le regalaron una camiseta firmada por todos. La ceremonia incluyó un breve discurso del intendente que aprovechó para instar a los pibes a seguir el ejemplo del Pachi: “Un verdadero embajador del deporte de nuestro pueblo”, gritó sobreactuando la ronquera habitual de su voz para darle un tono épico al acontecimiento.
El partido duró poco más de cuarenta minutos. Jugaron todos, los de la primera, los de la reserva y también algunos pibitos de la escuelita de fútbol que entraban y salían continuamente con la única intención de tirar al menos una pared con el homenajeado. Cuando terminó, el Pachi aprovechó para sacarse una foto con su papá y su mamá en el círculo central. Antes de que la luz del flash se apagara, Conrrado entró a la cancha corriendo y fue derecho a buscar al Pachi, que casi no había transpirado la camiseta, lo agarró de la mano y se lo llevó para el vestuario prácticamente sin dejarlo levantar los brazos para saludar. Nadie volvió a verlos. Todo el mundo supuso que el apuro del empresario había sido para no perder el colectivo de las ocho y media a Buenos Aires.
De lo que pasó después me acuerdo con lujo de detalles porque estábamos en el bar de la terminal tomando unos vinos y mirando el resumen de los goles de la Liga. Era un miércoles bien miércoles, de los peores. Lloviznaba y el viento soplaba tan fuerte que se metía por debajo de la puerta y nos congelaba los pies. Carrizo había dicho no sé qué cosa sobre la comisión del club, pero nadie le siguió la corriente porque justo estaba entrando el único colectivo que viene de Buenos Aires y pasa por el pueblo a esa hora de la noche. Nos pusimos, como siempre, a chusmear a través de los ventanales para ver si se bajaba alguien, lo que no solía ser muy común. Nos llamó la atención que el chofer sacara de la bodega, además de las encomiendas que eran habituales, un bolso que parecía bastante pesado. La sorpresa fue completa cuando se abrió la puerta y recortada a contra luz adivinamos la carita inconfundible del Pachi Bustos, que apenas nos saludó moviendo levemente la cabeza. El viejo Alesso le hizo señas con la mano invitándolo para que pasara un rato a tomar algo y contara cómo le había ido.
El Pachi se subió el cierre de la campera hasta arriba. Agarró el bolso con cierto esfuerzo y se arrimó caminando lento, pero seguro. Acompañaba la fuerza del brazo con la pierna para alivianar la carga. Abrió la puerta con el codo y la empujó con la cadera. Dejó sus cosas en el piso, al lado de la silla, mientras el viejo Alesso le servía una copa de vino con un chorro de soda. Se sentó y sin que nadie le preguntara nada lo único que dijo fue:
—Me querían poner de cuatro y a mí no me gusta. Yo soy ocho. Por eso me volví.
De los ojos se le escapaba un poco de tristeza, mezclada con alivio y convicción. No hizo falta que explicara nada más. Cuando cada uno terminó su vino, nos fuimos a dormir.